No quiero promesas

Nunca me gustó el verano,
el calor siempre derrite
las promesas melifluas
que se escapan por bocas sin afeitar,
propagadoras de sueños melindrosos
que únicamente cultivan resacas alérgicas al café.
No, no me excitan,
son como putas drogadictas
en busca de su dosis
en las noches plagadas de revueltas intestinas
y las sábanas resultan escasas,
repetitivas, arrugadas, malolientes
y se mojan de humedades solitarias,
demasiado azucaradas para una diabética.
Una hoja emborronada
no hace novela,
ni una promesa entre jadeos
inicia una relación convincente.
¿Ha llegado el momento de pasar a limpio,
de suprimir las mañanas de Couldina y vitamina B,
de arrancar a la soledad sincera
la única verdad de la que soy capaz?
No me engañes, Noto, con tus tormentas purificadoras,
pues el otoño reinicia el ADN
con el mismo disfraz de cada año.
Las promesas no se cumplen
con enunciados del pasado.
Me compraré botas nuevas
para pisar la sempiterna alfombra de las hojas secas.

© Anabel

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