28 latas de cerveza (Génesis, 2)

Allí mismo, delante del mostrador y de la cajera insidiosa, Mariona empezó a pensar que se había puesto demasiada ropa. La temperatura en la sucursal bancaria era muy alta y la falta de transpiración estaba haciendo de las suyas debajo de la chaqueta de imitación a cuero. Cuando ella y sus recibos lograron alcanzar juntos la calle, la brisa, aún matutina, la refrescó. La siguiente parada era Hacienda, donde tenía cita para que le hicieran la declaración si sobrevivía a una cola de gente que parecía arrastrar toda la grisura del momento presente. Se quitó la asfixiante cazadora y dejó que ese indiferente calor humano impregnara la blusa y se mezclara con su propio sudor. Es evidente que los funcionarios no aprueban la oposición según su simpatía, pero los hay que parecen haberla aprobado por el nivel de indiferencia que dispensan a los usuarios. Se le ocurre a Mariona que la funcionaria en cuestión aún pone demasiada buena cara para los diversos y variados olores que ha de soportar. Así que decide, antes de que le toque el turno, ir al baño a pasarse una toallita de colonia por las axilas y el escote. Que no sea ella la que contribuya a un malestar que no le va a beneficiar en absoluto. Tras un intercambio de información seco y eficiente, Mariona sale a la calle con la declaración de la renta ya hecha. Medianamente satisfecha por la faena realizada, pensó que podía regalarse un momento dulce dando una vuelta por el Abacus. Fue directa a la sección de poesía y miró golosa diferentes volúmenes, ojeó a Vicente Gallego, a García Montero, y caviló qué extrañas fuerzas de la naturaleza pueden unir en pareja a dos figuras de la literatura española actual. Acarició las guías de viajes, especialmente una sembrada de estupendas fotografías de los fiordos noruegos, con la esperanza de que le invadiera un poco del frío y de la calma que aquellas instantáneas inspiraban. El fin de mes no daba para más lujos. Y, como colofón a semejante mañana, al supermercado, que algo tendría que poner sobre la mesa si no quería una rebelión a bordo.
En el supermercado Mariona pensó en quitarse la cazadora, pero pensó que sería para un momento y llevarla en la mano le estorbaría más que si la mantenía puesta. Sabía que, aunque llenara el carro en pocos minutos, tardaría mucho más esperando en la cola para pagar. La una y media de la tarde debía ser la hora punta de las cajeras porque el número de las que estaban abiertas era inversamente proporcional a la longitud de las filas. El calor volvía a hacerse sentir pegajosa, pero aguantaría hasta llegar a casa sin despojarse de la chaqueta. Notó una muralla de aire caliente detrás de ella. Era un hombre de unos treinta años al que le sobraban al menos veinte kilos, ataviado con unos pantalones anchos tobilleros y una camiseta negra con una estampación que parecía el logotipo de algún grupo de heavy metal. Los antebrazos, tatuados, incluso su cabeza, rasurada al uno, lucía dibujos de símbolos étnicos tan de moda, sin olvidar los peircings que dotaban a sus orejas de un aspecto muy pesado. Llevaba la compra, de varios bultos, sostenida con el antebrazo y apoyada en su incipiente barriga. Le pareció un hombre que ocupaba demasiado espacio vital y al que no le hubiera gustado encontrarse en plena noche en un callejón sin salida. En un intento vano de avanzar, subió, en cuanto le dejó el cliente de delante, la compra a la cinta transportadora de la caja. El pack de veintiocho cervezas, cogiendo veinticuatro regalaban cuatro, se le resistía y le estaba haciendo transpirar de nuevo: casi se rompe una uña y el plástico se estaba rajando.
− ¿Quieres que te ayude?
A Mariona le pareció imposible que esa voz profunda, con ciertos ecos de madera de cerezo, proviniera del espécimen que tenía justo detrás de ella. No le dio tiempo a contestar la pregunta retórica cuando el hombretón cogió el pack de veintiocho cervezas con su mano izquierda y, como si de un paquete de un kilo de arroz se tratara, lo colocó lentamente sobre la cinta. En milésimas de segundo, el hombrón se había transformado en un macho imponente: su ademán grosero era ahora una fuerza poderosa de la naturaleza; su gordura, sinónimo de grandeza; su fealdad se había convertido en singularidad; los ojos parecían haberle crecido, así como su brillo; las manos prometían viajes por aguas turbulentas; sus piercingsy tatuajes simbolizaban el poder de la tribu a la que pertenecía y la pantorrilla peluda era una muestra de la hombría que esa indumentaria escondía. Mariona notó que su sudor ya no solo emanaba de las axilas, lo notó discurriendo entre los pechos y empapando las bragas. Su mente, irremediablemente, la transportó.
El gran hombre le subiría la compra a casa.
− ¿Dónde quiere que se la ponga?
Y Mariona le indicaría la cocina, donde él diligentemente la dejaría y, acto seguido, le entregaría el ticket. Ella se acercaría a coger el pedazo de papel pero, sin poderse reprimir, le asiría la mano y la pondría sobre su pecho izquierdo, el cual quedaría absolutamente cubierto. Podría sentir sus latidos rebotando en la palma de su mano. Con un gesto increíblemente elegante, él la acercaría hacia sí y la besaría en la boca profundamente, en una conjunción perfecta entre el gusto metálico del piercing y la saliva. Huérfano el pecho, agarraría con ímpetu las nalgas de una Mariona ya absolutamente entregada y, en un arrebato tan refinado como los movimientos que habría hecho hasta el momento, la sentaría en la mesa de la cocina, apartando de un manotazo lo que estuviera sobre la misma. Metería las manos entre las piernas de Mariona, le arrancaría las bragas mojadas e investigaría los recovecos de su cueva expectante. Mariona le quitaría, torpemente, la camiseta y deleitaría la vista en unos simétricos pectorales cubiertos de un negro vello salpicado de brillos rojos que surgirían de los tatuajes. Olería a barro de bosque. Le desabrocharía los pantalones y su miembro se abriría camino distinguidamente para mostrarse orgulloso y magnífico entre las piernas de Mariona. Desearía lamerlo, desearía conocer el sabor de las raíces de los árboles más robustos, de la gelatina que surge de los reyes de las tribus, de la dureza elástica del tótem del altar.
− ¡Señora, señora! ¿Oiga, señora, es una compra a domicilio?
Mariona aterrizó de sopetón en el supermercado, el sudor había impregnado totalmente la ropa. Se había ruborizado porque en su embeleso no había sido capaz ni de darle las gracias al gigante, ni de reaccionar a la pregunta de la cajera. Se quitó la cazadora, no podía soportarla por más tiempo.  La blusa blanca se le había adherido completamente a la piel y exponía a la luz, como un entrometido paparazzi, las formas turgentes y excitadas de los pezones. Una gota de sudor se quedó atascada en el escote y refulgió en los ojos del rey de los bosques, quien poblaría los sueños húmedos de Mariona durante bastantes meses.
© Anabel

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