Furtivos

Era el velatorio de la tía de su madre y parientes a los que no le interesaba conocer la besaban y le daban un pésame que ella no entendía ni compartía. A Lorena le hastiaba el lugar, el olor, las sillas, las lágrimas de su madre y el asco la impregnaba completamente cuando el viudo se abrazaba a ella y a su hermana. Viejo verde que escondía su presunción debajo de un sombrero demodé. Manos largas ocultas tras besos y abrazos de familiar que enseñaba a jugar al ajedrez a las niñas sentadas sobre su regazo. ¿Quién iba a creer a dos crías que se peleaban por encerrarse en el baño para huir de las muestras del cariño del tío de Monzón? ¿Quién haría caso de las reticencias de dos nenas a dar un beso y un fuerte abrazo a un hombre que tuvo que huir a Francia porque le confundieron con un rojo? ¿Quién? Parecía un dandi añejo, daba la imagen de héroe de guerra y políglota culto, atento con las mujeres a las que siempre regalaba flores y aguas de colonia; quería para sí los honores de héroe de guerra, la pensión de España más la que se ganó en Francia y todos los culos que veía, sin importarle que fueran allegados, menores o paralíticos. Días después, la propia madre de Lorena probó la medicina del querido tío ante un testamento que estaba a punto de firmarse. Con el orgullo manoseado, aunque con la dignidad que proporciona rechazar un millón de pesetas, reunió a sus dos hijas en la cocina para decirles algo importante. No le dio tiempo:

— ¿A ti también te ha metido mano?

Una desconsolada madre se echó las manos a la cabeza.

— ¿A vosotras también?

Las dos hermanas se echaron a reír satisfechas. Desde ese momento se esfumó el mito de un galán que nunca existió, de un héroe que tuvo que huir por perseguir algo más que ideales ajenos. En la casa de Lorena nunca se supo cuánta gente fue al entierro de aquel lejano tío político.

Y en medio de este maremágnum de recuerdos uno prevalece por encima de los demás en la mente de Lorena. Un instante tan pequeño como el pecho incipiente de una chiquilla, pero intenso e indeleble como la mancha de la primera regla. Velatorio, grises, humo de velas, patas y tacones haciendo ruido. Lorena sentada y aburrida paseaba sus ojos sobre unos cuerpos que se le antojaban más muertos que el cadáver presente. De pronto, una mirada. La más impúdica de todas las que recibiría jamás. Aquella que abre la senda frondosa y virgen, peligrosa y prohibida, más excitante que los peta-zetas y que la mano en el pubis recién poblado. Más, mucho más. La mirada vehemente de un hombre sobre el cuerpo de una pequeña la cual huye de manoseos indecentes y que, sin embargo, se hubiera dejado acariciar por aquel desconocido que podría ser su padre. Él quedó más perturbado que ella, mucho más. Debió sentir el peso del deseo como si la soga de la culpabilidad le rodeara el cuello, pero esa mirada furtiva, cargada de chispas venenosas encendió a aquella niña que dejó de serlo en ese mismo momento. Pecado inconfesable en el que Lorena aún se acurruca cuando ya nada es pecado y la senda se ha convertido en un camino, a veces, intransitable.

© Anabel

6 comentarios sobre “Furtivos

  1. Cómo le das la vuelta al mismo asunto. Cómo al final, todo depende del modo en que se tomen las cosas.La libertad es sagrada, y me parece que de esto es de lo que hablas. A mi modo de ver no hablas del despertar sexual o erótico, hablas de la libertad, de la sacrosanta libertad.Me ha gustado, como te puedes figurar.

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  2. Los insospechados caminos del deseo. Lo prohibido, lo tabú, que despierta la lascivia. Una mirada lúbrica que, tal vez sin querer, consigue dar la vuelta a la tortilla y el cazador queda cazado. Pero qué mala eres!!!!Me ha descolocado, me ha encantado.Un abrazo, cuentista

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