Un beso en la mejilla

– No, no llevo bragas… -se sonrojó- es que con estos pantalones sólo se pueden llevar tangas y son tan molestos…-la lengua la acalló sin piedad, hasta el fondo-.
Hablaba sin parar, dando más explicaciones de las necesarias, dejando los nervios en los sonidos sin sentido que se le escapaban por la boca. Laura sintió alivio al besar su lengua, le tranquilizó como el Valium de las noches eternas que le echaba una cortina sobre la cama, esterilizándola de los malos pensamientos y peores recuerdos. Así, con ese alivio renovador continuó besándole por entero, sin dejar un resquicio de su cuerpo. Descubrió su vello axilar y un par de pecas en los omoplatos, encontró dulces cosquillas en sus pestañas y olor a madera tropical en su pubis; disfrutó con sus pezones y con su pene que la convirtió en la mujer única del momento. Le hubiera gustado preguntarle si él había disfrutado, haberle dicho que ella sí, que hacía mucho tiempo que no tenía sexo tan estupendo, que le gustaba su olor, su tacto… Sabía por experiencia que eso no debía decirlo, sabía que se arrepentiría al día siguiente en su enfrentamiento versus el espejo, cuando el maldito pulido le devolviera la imagen demacrada de la resaca y le preguntara cómo podía haber sido tan imbécil de dejar traslucir sus sentimientos por alguien que jamás la volvería a llamar. Así que cogió su bolso y tan sólo se atrevió a dejarle un tímido beso en la mejilla como resumen de lo ocurrido.

Un beso en la mejilla. Le resultaba tan extraño, y se volvía a tocar la mejilla besada. La mayoría de las veces, ellas se quedaban dormidas y era él el que se iba primero; odiaba el momento de la despedida en el que has de decir que ha sido maravilloso, aunque haya sido mentira, en el que te ves obligado a besarlas, a fingir que eres un caballero aunque sean las siete de la mañana y de lo único que tengas ganas es de ducharte y dormir un rato más en tu propia cama sin otro cuerpo al lado. Esta vez no había sucedido de este modo, ella se había ido antes, sin hacer ruido, dejándolo dormir, no lo había despertado para importunarlo con preguntas del tipo ¿te ha gustado?, ¿me volverás a llamar?, ¿te di mi número? Y le había dejado un beso en la mejilla. Porque lo sintió, lo sintió con una fuerza inusitada contraria a la delicadeza del roce de sus labios. No podía olvidarse de ese beso, de la paz que le dejó después para continuar con un sueño dulce. Se llamaba Laura, era raro que se acordara.

Al sábado siguiente la buscó en el pub donde la había encontrado la semana anterior. La vio al final de la barra con el mismo grupo de amigas, con la estupenda pelirroja que le dio calabazas y que le dejó, como última opción, lanzarse a por la morenita. Laura. La observaba mientras bebía el gin tonic, sin que ella se percatara. No llevaba los pantalones negros que le marcaban su culito, hoy se había puesto minifalda, con medias de rejilla y una camiseta con lentejuelas que parecía de marca. Le excitaron los botines altos que acababan sus piernas, cada día estaba más fetichista. Tenía un rostro bonito, muy agradable, aunque desde donde estaba no podía apreciar el color de sus ojos, pero sí su amplia sonrisa. Se tocó la mejilla. Cogió su bebida y se acercó a ella.
-Hola, Laura.
-Hola, Javier – automáticamente, las amigas se desperdigaron por el local-.
Se quedaron un momento en silencio mirándose, como si los dos quisieran confirmar que el rostro de cada uno era de esa forma y no de otra. Ella corroboró que él era endiabladamente guapo, morenazo de pelo ondulado y ojos azules. Él se sorprendió de unos ojos miel inmensos y unos labios mucho más apetitosos de lo que recordaba, mucho más.
– ¿Cómo estás?
Laura le contestó con su fantástica sonrisa.
– ¿Puedo hablar contigo un segundo?
– Claro, dime –la seguridad de que ya no quería nada con ella, le proporcionaba a Laura la tranquilidad que demostraba-.
– Me tienes intrigado, verás, me sorprendió que al irte del hotel me dieras un beso en la mejilla.
Laura empezó a enrojecer, no había contado con que él se diera cuenta.
-¿Qué tiene de malo? –acertó a decir.
-Nada, absolutamente nada, es que llevo toda la semana preguntándome por qué me besaste así, por qué te fuiste sin despertarme.
-Esa era mi intención, pero veo que no lo conseguí, no quería despertarte, de veras…-empezaba a soltase la traidora lengua.
-No, no; no me molestó, sólo que me gustaría saber por qué lo hiciste –y se quedó mirándola fijamente, esperando una respuesta, amenazando con esos ojos que no se iría si no le contestaba.
¿Cómo se le ocurría hacerle esa pregunta? No lo podía creer; no acertaba a pensar con claridad y se conocía: sabía que se iba a lanzar a hablar sin sentido, sin parar, sin freno. Había que decidir rápidamente qué le iba a contar, antes de que la verborrea se hiciera dueña de la situación. La verdad se presentó como la solución más a mano.
-Porque me gustó, porque me gustaste, porque fue una noche maravillosa, porque no quería despertarte ni agobiarte con preguntas absurdas, porque no quería que me vieras como una pesada desesperada, porque sí. ¿Satisfecho?
Javier había escuchado su voz y leído sus labios, había sentido los nervios en sus ojos, la verdad en su tez y la había visto hermosa. Dejó el vaso en la barra. Abarcó su cara redonda entre las manos y la acercó hasta él para besarla.

© Anabel

3 comentarios sobre “Un beso en la mejilla

  1. ¡Anabel!¡Qué cuento!Lo cierto es que pasa tantas veces al revés, que pareciera increíble la decisión de Laura, ante semejante hombre guapo.Me quedé con ganas de saber más de la historia, te juro.Me encantó leerla. Sos un cuentista increíble, realmente te admiro.Un beso

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